La lluvia que hace caudaloso al Río Paraná —que corre a través de Brasil, Paraguay y Argentina a lo largo de unos 4880 kilómetros— o exuberante a la selva misionera (en la provincia de Misiones, Argentina) es producto de un fenómeno único: los ríos voladores de la Amazonía.

Se trata de una combinación fisicoquímica mágica, que se produce entre la fragancia de las flores y la evapotranspiración de las hojas de los árboles, que se combinan en la atmósfera. De esta forma nacen las nubes que los vientos alisios empujan hacia la cordillera de los Andes.

Ilustraciones: Fernando Calvi. / Textos: Francisco de Zárate.

Esa gran pared de roca, luego, reorienta nuevamente los vientos y los encamina en nuestra dirección. Es así que esas nubes, que se formaron a miles de kilómetros en la selva Amazónica, se transforman en nuestras lluvias de invierno.

Pero, cuando cortan la Amazonía, cuando reducen a cenizas áreas de este ecosistema, cuando avanzan con topadoras para convertir sus suelos a actividades agrícolo-ganaderas, no sólo desaparece una diversidad biológica única, sino también nuestras lluvias.

Crédito: Pablo Iglesias.

El fenómeno de los ríos voladores no se produce en las sabanas. Necesita de toda la flora y de toda la fauna para existir. Por eso, lo que sucede en la Amazonía nos afecta a todos, vivamos cerca o no tan cerca de ella.

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