POR MARINA AIZEN

Hay una figura bien conocida en la industria de hidrocarburos que es la de la lata de gaseosa. Al abrirla, te sale un chorro fuerte, de golpe, casi como un géiser. Pero luego, el ritmo de salida se atenúa. Y, finalmente, desaparece. La ilusión de la abundancia, así, se termina.

Lo mismo pasa con el fracking. Cuando se fractura un pozo, es súper productivo como un manantial. Pero, al año, el 80% de la producción merma a casi cero. La única forma de volver a tener un rendimiento tan sensacional es abrir otra lata. O sea, volver a fracturar.

Ese es un conflicto intrínseco de la industria, muy difícil de resolver. Los datos de alta productividad están imperiosamente enganchados con las cifras de inversión fuerte de capital. Volver a realizar fracturas implica costos altísimos. No es pinchar un pozo así nomás. Es por eso que ninguna cuenca de shale es realmente rentable.

Por este motivo, hay que tener cuidado cuando se ven los números de Vaca Muerta, porque —generalmente— en la Argentina se confunde productividad con rentabilidad, que son dos cosas muy diferentes. Para saber si una empresa es realmente exitosa, no hay que mirar cuánto produce (que es por tiempo limitado), sino sus libros contables.

En el caso del gas, en la Argentina, ya sabemos que al casillero rojo de las empresas lo llenan los subsidios del Estado. Por algo, sin un plan de estímulos público —o sea, un plan pagado con nuestra plata—, la producción decae irremediablemente. Es cuando el lobby empieza con la maquinita del llanto. Y la clase política le vuelve a poner la plata en el bolsillo.

La producción de gas se ha vuelto a reactivar en Vaca Muerta con el Plan Gas 4. Y, así, el Estado vuelve también a apostar estratégicamente a un negocio que no sólo tiene terribles impactos en el ambiente, la salud y la atmósfera, sino que, además, tiene ya una fecha de vencimiento en la próxima década: nada.

Tiempo de descuento

El petróleo y el gas tienen los días contados porque las grandes economías están apostando a otra cosa: las energías renovables, las baterías para almacenarlas, el hidrógeno verde y los autos eléctricos. La transformación tecnológica está ocurriendo a una gran velocidad, por lo que poner las fichas en una industria del pasado, como lo es la de los hidrocarburos, equivale a invertir daguerrotipos en la era de la foto digital.

Hay que leer, entonces, con mucha prudencia titulares que inflan el corazón nacionalista de los argentinos, como este que se leyó en la prensa local: “Vaca Muerta aumentó su producción de petróleo y se posiciona a nivel mundial”. 

La nota en cuestión se refería a un informe de la consultora noruega Rystad, que equiparaba al yacimiento de la Patagonia con los de Texas y New Mexico, en los Estados Unidos.

Pero, casi al mismo tiempo que se decía esto, el Houston Chronicle —que es el diario de la capital del petróleo de los Estados Unidos— decía en su encabezado: “El fin del dominio de los combustibles fósiles está a la vista”. Qué contraste.

No hay que dejarse engañar ni siquiera por el aumento del precio del barril, que está escalando a los niveles más altos de la pandemia: incluso en un escenario de valores más altos, las petroleras vienen tan golpeadas que ya saben que nada en el futuro va a volver a ser igual.

Sólo cuatro compañías, Exxon, Chevron, Total y Shell, perdieron el año pasado más de lo que la Argentina le debe al Fondo Monetario Internacional (FMI), más de US$50.000 millones, mientras que sus valores bursátiles cayeron alrededor del 40%. Esto pasa porque la crisis de la demanda coincide con el cambio tecnológico que se necesita para enfrentar el cambio climático.

Visión parcial

Todas las semanas se producen noticias que la clase política argentina y la prensa nacional deberían estar siguiendo de cerca. Por ejemplo, General Motors dejará de producir autos con motores a combustión en 2035. Es eso o morir. La francesa Total acaba de cambiar de nombre. Ahora es Total Energy, porque quiere incluir en su imagen a todas las energías, incluyendo a las renovables, un sector en el que invierte fuerte. Y, como si esto fuera poco, Shell empezará a alejarse gradualmente del negocio, para concentrarse en la recarga de autos eléctricos, energías renovables y el hidrógeno verde. La transición ya empezó.

Según la Administración de Información de Energía (EIA) de los Estados Unidos, para 2030, las energías eólica y solar superarán, incluso, al gas natural. ¿Nada de esto nos hace reflexionar?

El gobierno argentino, sin embargo, mira con recelo el cambio del mundo, mientras sólo le da incentivos económicos a las industrias del pasado, en vez de a las del futuro. A duras penas, el sector renovable logró una reunión con un funcionario de cuarto nivel en el Estado y lo único que hizo es pedirles paciencia, con la excusa de la pandemia.

El atraso ideológico nos va a salir caro desde todo punto de vista. La realidad no es la burbuja que nos queremos creer —en este caso, que Vaca Muerta es un yacimiento de calidad mundial—, sino lo que realmente sucede: que todos los yacimientos terminarán enterrados y para siempre. No hay lugar en la atmósfera para ellos. Tampoco en la economía.

Marina Aizen
Marina Aizen

Periodista. Autora de los libros “Contaminados, una inmersión en la mugre del Riachuelo” y “Trumplandia”. Ex-corresponsal en Naciones Unidas y en Nueva York. Premio Inter Press Service (IPS)-Ambev del Agua, Príncipe Alberto II de Mónaco y UNCA. Cofundadora de PxP.

SUSCRÍBETE AL NEWSLETTER

¿Te gusta lo que estás leyendo? En nuestra newsletter, más material e información. Suscríbete :)