POR MARINA AIZEN

Se cumple el primer aniversario desde que el Covid-19 se convirtió oficialmente en pandemia. Un año desde que la muerte, el dolor, el encierro, el desarrollo de múltiples vacunas y su desordenado proceso de aplicación, se convirtieron en los hitos narrativos de la gran batalla —tanto real como simbólica— de la humanidad versus el virus. 

Sin embargo, en el relato de esta lucha desigual entre Goliat (nosotros) y este elusivo David (el virus), quedó enterrada también la discusión sobre el factor que hace que se produzcan, en primer lugar, estos “desbordes” virales desde el ambiente a los humanos.

Ese factor es, ni más ni menos, que nuestra visión sobre el mundo vivo, algo para lo que —parece— no puede fabricarse un antídoto con rapidez suficiente.

Saltos zoonóticos

Según un artículo publicado en la revista Nature en julio pasado, en el último siglo, dos virus por año han saltado de la naturaleza a las sociedades humanas. Entre ellos, hay bichos que han cobrado mucha fama por el daño terrible que han causado, desde el Ebola al H1N1, pasando por el HIV, por mencionar algunos.

El Covid-19 también pertenece a esa categoría, aunque no sepamos con precisión quién fue el paciente cero o cuál, la especie intermedia (si es que la hubo).

Lo que sí sabemos es que el virus partió de algún animal, posiblemente un murciélago, especie con la evolucionó durante milenios sin matarlo. En este sentido, somos perfectamente conscientes de que el virus no es nuevo: lo novedoso fue el contacto entre los humanos y la especie que lo albergó, que hizo posible el primer contagio. El resto es historia conocida.

Ahora bien, no todos los saltos zoonóticos se convierten en epidemias o pandemias. La mayoría pasan desapercibidos, aunque, de tanto en tanto, alguno que otro muerda con furia, como sucedió con el hantavirus en la Patagonia.

Otros bichos aparecen y desaparecen, porque —por suerte— no están dadas las condiciones para que se propaguen masivamente entre los humanos. Pero, eso no quiere decir que no se vayan a producir otros “desbordes” y exista el peligro de nuevas enfermedades como algo latente y bastante temible.

Peligro latente

¿Y por qué existe el peligro? Porque invadimos territorios que nunca han sido habitados por nosotros, fragmentamos los ambientes para expandir la agricultura o la ganadería, abrimos rutas donde no debe haberlas, o construimos ciudades en lugares prístinos. Así, especies que nunca habían estado en contacto se contagian. Y luego, atrás, venimos nosotros.

La doctora Amy Vittor, de la división de enfermedades infecciones y Medicina Global de la Universidad de Florida (Estados Unidos), que se ha pasado buena parte de su carrera estableciendo la relación entre los brotes de paludismo y la construcción de infraestructura en la Amazonía, lo explica muy bien.

Los bosques, y en particular los bosques tropicales, albergan complejas redes de microbios y sus huéspedes silvestres. Degradar estos paisajes mediante la expansión de nuestras ciudades, la intensificación de la agricultura o la extracción de recursos forestales conlleva el potencial de liberar estos microbios sobre nuestros animales domésticos y sobre nosotros mismos. Hay numerosos ejemplos de patógenos que han saltado de la fauna salvaje a los humanos en las últimas décadas: VIH, Zika, Nilo Occidental, chikungunya, SARS, MERS, enfermedad de Lyme y, por supuesto, SARS-CoV2”, sostiene. 

Mantener la integridad de los bosques sirve no solo para proteger la biodiversidad y mitigar el cambio climático, sino también para contener estas complejas y potencialmente peligrosas redes de patógenos.

Doctora Amy Vittor, división de enfermedades infecciones y Medicina Global de la Universidad de Florida (Estados Unidos).

El ejemplo del virus del Nipah, que azotó Malasia hace un par de años, causando unos 5000 muertos con una fiebre hemorrágica espantosa, deja una enseñanza que todos deberíamos observar con atención.

Allí, el “desborde” viral se produjo porque limpiaron una zona de selva para construir granjas porcinas y plantaciones de mangos. Los murciélagos que se quedaron sin sus árboles históricos, empezaron a comer de esos ricos mangos y a defecar. Los cerdos, luego, comieron de sus heces. Y así, de una manera tan simple, migró un virus extraño a cuerpos humanos.

Esa es una lección imperdible para la Argentina o, mejor dicho, para los políticos que sueñan con instalar granjas porcinas en territorios que ven como “vacíos” e improductivos. En el interfluvio Chaqueño —que, dicho sea de paso, es un lugar maravilloso—, hay movilizaciones y alertas por eso.

El mejor escudo protector

Duele pensar que, durante los momentos más restrictivos de la cuarentena, se hayan producido tantos desmontes en el Gran Chaco. Y que, incluso, en 2020 se haya destruido más territorio boscosos que en años anteriores. La codicia no tiene límites ni aun ante la evidencia de que el bosque es el mejor escudo protector contra futuras pandemias. Nuestros territorios no están exentos de esta regla.

“Los virus zoonóticos infectan directamente a las personas, sobre todo cuando manipulan primates vivos, murciélagos y otros animales salvajes (o su carne), o indirectamente a través de animales de granja como pollos y cerdos. Los riesgos son mayores que nunca, ya que las asociaciones cada vez más íntimas entre los seres humanos y los reservorios de enfermedades de la fauna silvestre aceleran el potencial de propagación de los virus a nivel mundial”, señalaba el artículo de Nature.

Así que, cuando los políticos digan que tenemos que avanzar sobre los bosques porque tenemos que expandir la frontera agrícola para tener más divisas, sólo hay que recordarles la grave depresión económica atravesamos por la pandemia del Covid-19.

Por eso, la defensa del ambiente no es sólo un asunto para hippies que tocan la guitarra ni para pibitos protestones. Tiene que ver con la vida y la economía también.

No hay posibilidad de estar sanos en un mundo tan enfermo, ya sea porque desaparecen sus ambientes o se calienta el clima. La acumulación de crisis sistémicas nos está empujando hacia un abismo del que no vamos a poder volver así nomás. Ojo: la culpa no es del murciélago, sino de nuestro avance destructor sobre los ambientes para poner monocultivos. Eso es lo que nos está dejando enfermos e idiotas.

Nuestro principio rector debe ser un planeta, una salud. Cuando alguna parte de esta ecuación se altera, surgen las crisis. Eso es ineludible. Ahora lo sabemos en carne propia.

Marina Aizen
Marina Aizen

Periodista. Autora de los libros “Contaminados, una inmersión en la mugre del Riachuelo” y “Trumplandia”. Ex-corresponsal en Naciones Unidas y en Nueva York. Premio Inter Press Service (IPS)-Ambev del Agua, Príncipe Alberto II de Mónaco y UNCA. Cofundadora de PxP.

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