POR MARINA AIZEN

Cuando el Covid-19 acorraló al mundo entero dentro de sus casas, la novedad fue que hubo un descenso en las emisiones de los gases que calientan el clima del planeta. Pero, duró poco. Las concentraciones de dióxido de carbono (CO2, el principal de dichos gases) en la atmósfera volvieron a ser récord: acaban de superar las 421 partes por millón (ppm).

La cifra puede sonar foránea, pero se trata de una acumulación extraordinaria. Si esta continúa a este ritmo, nos pondrá al borde de un aumento la temperatura de 3°C promedio para fin de siglo (recordemos que la meta es no superar 1,5°C o, como mucho, 2°C, si no queremos sufrir los peores embates del cambio climático).

En una isla de Hawai, en el medio del Pacífico, hay un volcán que se llama Mauna Loa. Allí, a 3400 metros de altura, existe una estación meteorológica que viene monitoreando las concentraciones de CO2 desde 1950. Cuando empezaron a medirlas, el promedio de concentraciones era de 350 ppm. Ya habían registrado un aumento sideral respecto del que existía previo a la revolución industrial, que era de 278 ppm.

Una vez emitido, el CO2 permanece siglos en la atmósfera, atrapando la radiación solar, que, de otra manera, se liberaría de regreso al espacio. Cada vez que emitimos más CO2, le estamos agregando más y más plumas a esta especie de frazada que envuelve al planeta. 

El CO2 es principalmente el producto de la combustión de combustibles fósiles (gas, petróleo y carbón), la deforestación y la agricultura. Otras actividades, como la pesca de arrastre, también contribuyen a la producción de emisiones.

Los bosques y los océanos absorben parte de esos gases, en caso contrario, las concentraciones serían todavía más grandes. Sin embargo, cuando eliminamos bosques —como sucede en la Argentina, que pierde un promedio de 150.000 hectáreas boscosas al año—, reforzamos aún más los efectos negativos sobre el calentamiento del clima.

El Acuerdo de París (adoptado en 2015) tiene como objeto limitar la suba de la temperatura planetaria a 1,5°C. No obstante, si se mantiene este ritmo de emisiones, para 2060, se duplicaría la concentración que existía antes de la Revolución Industrial. Eso será condenar a todos los seres vivos a un mundo con un clima totalmente impredecible, dominado por eventos extremos, como ya lo empezamos a ver, con impacto directo sobre la economía: sequías, inundaciones, incendios forestales. Pero esto recién empieza.

Marina Aizen
Marina Aizen

Periodista. Autora de los libros “Contaminados, una inmersión en la mugre del Riachuelo” y “Trumplandia”. Ex-corresponsal en Naciones Unidas y en Nueva York. Premio Inter Press Service (IPS)-Ambev del Agua, Príncipe Alberto II de Mónaco y UNCA. Cofundadora de PxP.

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