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“La propia narrativa

del cambio

climático ha

alejado al

ciudadano”

La crisis climática es, ante todo, un tema de desarrollo y, como tal, su centro está en las personas. Por tanto, las medidas que se tomen para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero –causantes del calentamiento global– también tendrán un impacto beneficioso en las comunidades.

La relación entre descarbonización y bienestar humano existe, se puede ver fácilmente en la salud, la productividad y la generación de empleos verdes. El reto está en cómo explicarla a la ciudadanía y, sobre todo, en cómo medirla para así contar con datos que sirvan a esa explicación.

El presidente de Costa Rica Carlos Alvarado Quesada llegó a la 25° Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas de Cambio Climático (COP25), que tuvo lugar del 2 al 13 de diciembre en Madrid (España), con un plan bajo el brazo. Y, en una entrevista con esta cronista, explicó esa relación entre descarbonización y bienestar humano.

Suele decirse que la inversión en ambiente no tiene que verse solo a nivel de naturaleza, sino también en impacto social. Desde el Plan de Descabonización de Costa Rica, ¿cómo se visualiza ese impacto social?

Esa relación es la más estrecha y, curiosamente, la más difícil de explicar. ¿A qué me refiero? Cuando se da la discusión de la crisis climática, el aumento de emisiones y la importancia de no alcanzar ni siquiera un aumento de 1,5°C, esa narrativa se percibe lejana a las personas, como si no tuviera que ver con la vida, el empleo, la salud y el bienestar de la gente.

Lo que parece es que la propia narrativa del cambio climático ha alejado al ciudadano. Pero, cuando uno ve las implicaciones de las políticas inmediatas en relación a este, todas tienen grandes beneficios para las personas.

Lo que tenemos es un reto en cuanto a la narrativa: en el cómo se explica y cómo se inspira.

El Plan de Descarbonización nos da ejemplos muy claros. Cuando uno habla de movilidad, este tema suele asociarse solo con el transporte eléctrico y esto es ajeno a la realidad de muchas personas. Lo que sí puede impactar su día a día son rutas mejor diseñadas, porque significa que sus traslados serán más rápidos.

Transporte colectivo cero emisiones, como trenes o buses, implicará menos contaminación aérea y eso se traduce en una menor incidencia de enfermedades respiratorias en poblaciones vulnerables como adultos mayores o niños.

Un transporte público más limpio y eficiente beneficia a la gente trabajadora, sobre todo a los que tienen mayor estrechez en su bolsillo.

Cuando se habla de la política, esta se aborda desde el cambio climático, pero no desde las personas. Hablamos de reducir emisiones, pero no de cómo afecta directamente la vida de la gente y definitivamente tenemos que hablar más de eso.

Un ejemplo lo da la productividad. Si, en vez de invertir dos horas en desplazarnos, acortamos ese tiempo gracias a una movilidad sostenible y eficiente–, quizá podríamos invertir lo “ahorrado” en estudiar con miras a obtener un mejor empleo.

Esa es, precisamente, una de las intersecciones entre la digitalización y la crisis climática. Toda la parte de digitalización –llámase tele-trabajo, reducción de papeleo, trámites digitales– tiene un impacto en la calidad de vida de las personas, la competitividad y, además, reduce emisiones de carbono.

Si una persona puede trabajar un día en la oficina y los otros cuatro desde su casa, pues habrá una dramática disminución en las emisiones, las personas dispondrán de más tiempo para hacer ejercicio y compartir con su familia, además de ser más productivas en el trabajo.

Esas son medidas que tradicionalmente no se visualizan como medidas relacionadas a la crisis climática, pero están vinculadas a ella y asociadas a la calidad de vida de las personas y la productividad.

Con respecto a la narrativa, ¿hay alguna tarea pendiente en relación a la cuantificación de esos beneficios? ¿Es más fácil cuantificar emisiones de carbono o ahorros en combustibles fósiles que beneficios a la salud o a la productividad?

Hay tareas pendientes en ese sentido. Para nuestro Plan de Descarbonización, una de las primeras tareas que pedí fue avanzar con los estudios técnicos para contar con métrica. En la Pre-COP25 [San José, del 8 al 10 de Octubre de 2019] dimos los primeros resultados de un estudio elaborado por la Universidad de Costa Rica, el Banco Interamericano para el Desarrollo (BID), la Corporación Rand, el Real Instituto de Tecnología de Estocolmo (Suecia) y el Tecnológico de Monterrey (México).

El objetivo del estudio es analizar el impacto que tendrá la aplicación del Plan de Descarbonización. Al medir los tres primeros ejes del mismo hasta 2050 –relativos al transporte público, privado y de carga–, los hallazgos apuntan a que el país obtendrá un beneficio neto de US$ 19.500 millones al hacer los cambios señalados.

Esa cifra se obtiene al sumar varios rubros. Por ejemplo, en cuanto a la infraestructura para habilitar la electrificación del sector transporte, el país debe invertir casi US$ 6.000 millones, pero obtendrá un beneficio de US$ 11.100 millones como resultado de menores costos de operación.

Ahí tenemos una primera ganancia, que podríamos llamar directa, por US$ 5.200 millones netos para 2050. Pero, a eso hay que sumar beneficios en términos de salud, de mayor productividad por menos presas y accidentes evitados, que representan un total de US$ 14.300 millones para 2050, según las proyecciones.

Y sí, hay que hacer estudios para cuantificar cada vez más esos beneficios. Pero, también hay cosas que son intuitivas: si sabemos que vamos a trasladarnos menos, pues vamos a emitir menos.

Otro tema que no hemos discutido lo suficiente es el manejo de residuos y allí es donde podemos empoderar a las personas porque es donde directamente pueden contribuir en la descarbonización.

Cada persona es dueña y responsable de las decisiones de consumo que toma y, por ende, de los residuos que genera. Está en cada persona el separar, hacer compost y revalorizar esos materiales, al punto de generar un cambio económico que puede dinamizar a muchas economías locales y, con ello, beneficiar a personas en condición de vulnerabilidad porque se les brinda una alternativa de ingreso.

Entonces, la gestión de residuos no solo tiene un componente de reducción de emisiones provenientes de la descomposición de los residuos orgánicos en los vertederos, sino que también esa revalorización contribuye a la economía.

Pero, al igual que en otras áreas, aún no hemos hecho el vínculo entre las medidas de descarbonización y el bienestar de la gente.

¿Falta ciencia para hacer esas cuantificaciones?

Lo bueno de la discusión sobre cambio climático es que está basada en la ciencia, porque es un tema muy complejo. Pero, también necesitamos narrativas basadas en ciencia y en la ética que sean más intuitivas y cercanas a las personas.

La crisis climática, al ser global, no

necesariamente ha logrado plantearse

desde la dimensión de un individuo. Es más,

esta trasciende la vida de una persona.

Estamos hablando de generaciones que se ven afectadas. Por otro lado, el no abordar la crisis climática a quien más afecta es a la población más vulnerable. Allí también hay una dimensión humana y social.

¿Hay un tema de justicia social alrededor del tema de la descarbonización? Los más afectados son los más vulnerables. Eso me recuerda la frase de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS): no dejar a nadie atrás.

Efectivamente, la descarbonización tiene que tener ese componente de justicia social. Tiene que enfocarse en la gente más vulnerable y también en aquellos que hoy son altamente dependientes de los combustibles fósiles. Tenemos que pensar en función de una transición justa y acompañar a aquellos que deben abandonar su actividad porque son los que están más sujetos a la incertidumbre.

¿Con la implementación del Plan de Descarbonización, podremos llegar a ver impactos directos en la disminución de la pobreza?

Será posible verlo eventualmente. Si logramos una reducción en los costos del transporte, eso se traslada al bolsillo de las personas. Desde una óptica de pobreza multidimensional, lo podremos ver en la salud. Ambientes más sanos ayudarán a la salud de las personas.

Nuestra aspiración es que la descarbonización sea una fuente de nuevos empleos. Por eso, también tenemos que apostar a la inclusión: no podemos hablar de una transformación de nuestra pobreza sino hablamos de una mayor inclusión en la educación, por ejemplo.

El abordaje multidimensional, a propósito de la crisis climática, es esencial. Si solo la abordamos desde lo climático, puede que nos perdamos otros puntos.

¿Se están trabajando en indicadores o métricas para ver esa relación entre descarbonización y pobreza?

Estamos midiendo la pobreza con el índice multidimensional y las métricas de descarbonización son las que hemos planteado en el plan, pero no estamos midiendo esa relación directamente.

Ciertamente, este es un campo retador. El cruce directo no es algo que hayamos hecho. Donde quizá podamos verlo es cuando crucemos estas dos variables con la territorial, es decir, la gestión del territorio, el manejo urbano y las zonas costeras.

¿Pueden estas medidas de descarbonización optimizar los procesos en un sistema como puede ser un país? ¿Pasa la descarbonización por un rediseño del sistema económico, político y social?

La discusión de la crisis climática no es ambiental, sino de transformación productiva. Cuando se habla de eso, la gente se preocupa porque es cambiar y, frente a cualquier cambio, hay resistencia debido a la incertidumbre. Pero, lo que hay que ver es que estos cambios son positivos.

Vea a las empresas que han apostado por la carbono neutralidad. Mucha gente piensa que, para que una compañía logre reducir emisiones, tiene que gastar más. Lo que demuestra la experiencia es que la inversión está en la eficiencia que, a mediano y largo plazo, se traduce en grandes ahorros en consumo energético y materiales. Hay una reducción significativa en los costos operativos.

Además, la gente se motiva porque sabe que está haciendo lo correcto y tiene ese motor adicional.

Esta información fue producida como parte del Programa Latinoamericano de Cobertura Periodística COP25, un esfuerzo esfuerzo conjunto de Periodistas por el Planeta (PxP), LatinClima, The Stanley Center for Peace and Security, y la Red Regional de Cambio Climático y Toma de Decisiones - Programa UNITWIN de UNESCO. Aquí la cobertura completa.

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