Por Marina Aizen

El mismo día que el presidente Alberto Fernández anunciaba un nuevo plan de subsidios al gas, desde Texas llegaba una noticia bomba: ExxonMobil, una empresa que hace apenas una década y monedas era la compañía de mayor capitalización en los Estados Unidos, se retira de la Argentina, entre otras cosas, para deshacerse de activos no rentables y “menos estratégicos”.

Una y otra noticia tienen un hilo que las une: el fracking. Esta es la única técnica posible para sacar el gas o el petróleo de la roca en el subsuelo de Vaca Muerta. No solo es ambientalmente incorrecta y tremenda para la salud de todos los seres vivos. Además, es cara. Demasiado cara, sobre todo con el horizonte de precios de los hidrocarburos, golpeados por la pandemia como si se hubieran pescado el maldito virus. Esto es así aún para una compañía como ExxonMobil. Y, por eso, decidió bajarse de los proyectos que ya sabe que no le van a dejar plata.

La noticia debería ser una advertencia para el Gobierno argentino, tan ilusionado con exportar energías fósiles, justo en momento en que el mundo está buscando alejarse de ellas, que —entre otras cosas— causan cambio climático. 

Amor de alquiler

La clase política argentina parece enamorada de la idea de tener petróleo y gas en el subsuelo nacional, y eso es lo que la hace pensar con los pies. Porque, no importa cuán abundante sea la formación Vaca Muerta: si no tiene sustentabilidad económica, no sirve.

El fracking es caro no solo por el proceso en sí, sino porque los pozos declinan muy rápidamente: hay que volver a hacerlos una y otra vez. Por eso, Vaca Muerta es una aspiradora de subsidios. Nunca son suficientes. Siempre pide más y más, como un sediento en el desierto.

Y el Gobierno de turno —porque aquí no hay grieta— los otorga. Fernández anunció el cuarto plan de estímulo a la producción de gas desde 2013. Hasta la fecha, llevamos gastado más de US$10.000 millones en esto. ¿Hay menos pobres en la Argentina? ¿Acaso nos salvamos?

Crédito: Pablo Iglesias para PxP.

Ahora, con el Plan Gas.Ar (o Plan Gas IV), el Presidente acaba de prometer otros US$5000 millones más para los próximos cuatro años. Dicen que, invirtiendo dinero público en el gas, ayudarán a la Argentina a ahorrar. Es un planteamiento teórico, propagandístico. Lo que no puede decir Fernández es de dónde va a sacar esos generosos dólares del Estado para darle a las empresas extranjeras o de señores nada nacionales y populares como las familias Eurnekian, Rocca y Bulgheroni. Esa es una incógnita.

Leer el contexto

Lo peor de todo es que esto sucede en un momento en que todas las compañías petroleras importantes del mundo están suprimiendo proyectos y reconsiderando a la baja su propio valor de mercado, que es la razón que llevó a ExxonMobil a sacar los pies de la Argentina. En la primera mitad de 2020, la empresa perdió US$1690 millones.

Con la medida anunciada el lunes —que representa la mayor cancelación de su historia moderna e incluye no solo proyectos en la Argentina sino también otros en América del Sur y del Norte—, su valor de devaluará entre US$17.000 y US$20.000 millones. Y no está sola: en lo que va del año, otros líderes de la industria fósil han tachado de sus libros unos US$80.000 millones, algo nunca antes visto. Shell (US$18.500 millones) y BP (US$12.900 millones en este año, que se suman a los US$6700 millones de 2019), entre otros, están en la lista de los gigantes heridos.

Crédito: Pablo Iglesias para PxP.

Qué gran paradoja es todo esto. En agosto pasado, ExxonMobil fue expulsada del índice Dow Jones de la Bolsa de Nueva York después de casi un siglo de permanencia. Es un dato que puede parecer simbólico, pero que indica que la empresa ya no es representativa de la economía de los Estados Unidos. Hubiera sido impensable en 2008, cuando era la corporación más rica del país. No más. Hoy, Tesla o NextEra, una compañía renovable, tienen mucha mayor capitalización.

Cuando hizo una quita de su valor, BP sorprendió a los analistas admitiendo que el pico de demanda de petróleo pudo haber sucedido en 2019. Hasta hace unos años, se temía por el pico de producción de hidrocarburos, es decir, que llegara el momento en que se agotaran. Hoy, se sabe que eso nunca llegará, que las fósiles deberán quedar enterradas antes de que se acaben. Lo que se discute es el momento de uso máximo. BP dice que ya pasó. Y hasta la OPEC, el cartel de países productores de petróleo, admite que esa instancia le va a llegar. Nada es eterno, ni siquiera el petróleo, que dominó la geopolítica del siglo XX. 

Ahora, la elección de Joe Biden a la presidencia de los Estados Unidos nos está advirtiendo que lo que se viene es la era geopolítica del cambio climático. No hay vuelta atrás. En esa cancha hay que jugar.

Brecha creciente

Por eso, llama tanto la atención la decisión de la clase política argentina de respaldar un proyecto que no tiene sostenibilidad ni económica ni ambiental y que, además, no cuenta con el lujo de tener un horizonte en el tiempo. Encima, rifan plata pública en el marco de una sociedad castigada por una pobreza insoportable

Esta crisis de precios en los hidrocarburos sucede en un momento de migración tecnológica, no solo por las renovables para generar electricidad sino por la emergencia del transporte eléctrico. La apuesta al futuro de la Argentina debería estar en el desarrollo del hidrógeno verde, no en las fósiles. Chile ya nos está sacando muchos cuerpos en la región, a pesar de que en nuestro país, en la Patagonia, hay una empresa que cuenta con un prototipo para producir hidrógeno muy sofisticado tecnológicamente.

Esta misma semana, el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) dio a conocer un informe, el Production Gap Report 2020, que dice que los países deben recortar un 6% anual la producción para evitar las peores consecuencias del cambio climático, que causa muertes y daños a las economías. Argentina hace todo lo contrario: apunta a incrementar un 130% su producción, como si perteneciera a otro mapa, otro planeta. La controversia que existía entre el desarrollo petrolero versus el desarrollo no existe más.

¿Qué parte no entienden?

Marina Aizen
Marina Aizen

Periodista. Autora de los libros “Contaminados, una inmersión en la mugre del Riachuelo” y “Trumplandia”. Ex-corresponsal en Naciones Unidas y en Nueva York. Premio Inter Press Service (IPS)-Ambev del Agua, Príncipe Alberto II de Mónaco y UNCA. Cofundadora de PxP.