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Geoingeniería para detener el calentamiento global: ¿solución o problema?

“Es la peor de mis pesadillas. Si me dijeras qué es lo peor que puede pasar en torno al cambio climático, es esto: la geoingeniería”. Las palabras de un veterano del ambientalismo resuenan en un hotel de cinco estrellas en la zona de Retiro, en Buenos Aires. Estaba, en cierto modo, en territorio enemigo: el contexto fue la presentación en la capital argentina de un posible manejo de la radiación solar (SRM, por sus siglas en inglés), organizado por institutos de investigación argentinos y extranjeros.

La geoingeniería es el nombre que reúne diversas técnicas con la idea de que la agregación de sustancias a la atmósfera podría enfriar y detener/revertir el calentamiento global. La idea, en apariencia, surgió tras la comprobación de que la erupción del volcán filipino Pinatubo en 1991 enfrió notablemente la temperatura media global, aunque registra antecedentes.

Si agregamos a la atmósfera lo mismo que el volcán hace naturalmente, podría lograrse lo mismo de manera artificial, razonaron los primeros geoingenieros. Se podría hacer con aviones que dispersen esas sustancias refrigerantes. Incluye, además, algunas propuestas más locas todavía, como detener los rayos solares incluso antes de que lleguen al planeta, o agregar sustancias al mar para que capturen más dióxido de carbono y así sacarlo de la atmósfera (más allá de que eso podría terminar de destruir el ecosistema marino).

Ante un escenario donde la temperatura aumenta y las noticias respecto de la lucha contra la emergencia climática distan de ser buenas, con compromisos de reducción de emisiones por parte de los países muy por debajo de lo que requiere el Acuerdo de París, la geoingeniería se plantea como una solución. Como el famoso plan B.

¿Por qué se asustan los ambientalistas?

Por varias razones. Para empezar, porque sería añadir un nuevo experimento al, ya de por sí, experimento que sobre la atmósfera lleva más de dos siglos de industrialismo: el añadido de los gases de efecto invernadero que recalientan la atmósfera y provocan una serie de catástrofes en cadena. Este es el caso del derretimiento de polos y glaciares, huracanes, sequías, aumento del nivel del mar e inundaciones, entre otros. El temor radica en que el sistema climático es caótico, por lo que, en el sentido estricto, una pequeña modificación en alguna de las variables genera una gran diferencia en el resultado final.

Es más, incluso desde los mismos escenarios planteados en modelos se perciben riesgos de agudizar sequías puntuales. Por ejemplo, si bien los cálculos podrían llevar a algunos beneficios en los países centrales, es justamente desde donde se llevan adelante las propuestas. Y este es precisamente el otro punto: quién se arroga la responsabilidad de regular el termostato de la Tierra, ¿de nuevo los países centrales? (¿los que se desarrollaron de manera sucia y lo calentaron?)

Y, quizá lo peor: el hecho de “descansar” en la posibilidad de que la geoingeniería resuelva un problema hoy planteado como algo económico y social podría hacer olvidar el trabajo que se está realizando (si bien no con la celeridad necesaria) para la descarbonización de la economía mundial, con más energías renovables, por ejemplo. “Es preocupante que se piense que se puede intervenir en la naturaleza como si fuera una pieza de ingeniería. Todas estas tecnologías sacan el foco de lo que hay que hacer y generan más preocupaciones y preguntas que respuestas”, dijo Enrique Maurtua Konstantinidis, asesor senior de la ONG argentina Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).

Sin embargo, pese a las fuertes objeciones de sociedad civil y parte del mundo no desarrollado, el mecanismo está dentro de lo que la Secretaría de Cambio Climático de la ONU considera dentro del capítulo de mitigación de la crisis climática. Parte de ese rechazo mencionado se notó en la Cumbre del Clima (COP25) que se realizó durante diciembre último en Madrid (España), como en el evento paralelo “Convergencia colectiva para soluciones justas y contra la geoingeniería”, organizado por La Vía Campesina, Hands Off Mother Earth (H.O.M.E.) Campaign, Indigenous Environmental Network y Climate Justice Alliance, entre otras.

Lo curioso es que algunas de esas duras objeciones fueron expuestas incluso por los impulsores del taller de Buenos Aires, titulado: “Ciencia y gobernanza de la geoingeniería solar. ¿Qué papel tendrá Sudamérica?”, el cual fue organizado por el instituto local Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA), el Instituto Franco-Argentino sobre Estudios de Clima y sus Impactos (IFAECI) y la Solar Radiation Management Governance Initiative (SRMGI), apenas cinco días antes del comienzo de la COP25.

La estrategia elegida por los presentadores fue singular. No hubo elogios más que indirectos a la posibilidad de manejar la radiación solar. “Es un tópico extraño y controversial, súper controversial”, señaló el principal portavoz, Andy Parker, director del Proyecto Iniciativa para la Gobernanza del Manejo de la Radiación Solar (SRMGI) e investigador de la Universidad de Bristol, a la vez que aclaraba que “no necesariamente” apoya la posibilidad de manejar la radiación solar.

“Existen riesgos sociales y científicos muy altos, por eso es crítica la discusión nacional e internacional”, remarcó Parker. Eppur si muove: “Lo que hay que preguntarse es si hacerlo es peor o mejor que el calentamiento global que viviremos pronto”, subrayó.

En concreto, la posibilidad analizada es abrillantar nubes marinas con rociados, pero hay que evaluar qué consecuencias tiene para la agricultura, la salud y la biodiversidad en diversos lugares del planeta, planteó. “¿Puede causar lluvia ácida?”, se preguntó Parker. Y añadió como problemática la posibilidad de rebote de la temperatura cuando termine el experimento (y aquí otra duda de los opositores a la técnica: una vez empezado no se podrá más que seguir y aumentar la dosis, sobre todo si siguen en alza los gases de efecto invernadero).

Posibles escenarios

La jornada porteña constó de presentaciones y discusiones entre las mesas donde los invitados, todos ellos relacionados con el trabajo en cambio climático, respondían preguntas y evaluaban escenarios de aplicación de la geoingeniería. Hacia el final hubo una comunicación digital con Pablo Suárez, del Centro del Clima de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, quien dijo que hay que aplicar la técnica cuanto antes, con un argumento singular: “Si aplicas geoingeniería, en algún lugar habrá una catástrofe; el tema es que, si no hacés geoingeniería, también habrá una catástrofe en algún lugar”. Suárez también contó de una reunión que tuvo con el multimillonario Richard Branson, dueño del grupo de empresas Virgin, quien le dijo que está dispuesto a usar uno de sus aviones más grandes para diseminar dióxido de azufre. “Hoy se haría ineficientemente, pero marcaría que se puede hacer”, dijo.

Richard Branson.

En la misma dirección se dirigió el analista internacional brasileño Eduardo Viola, de la Universidad de Brasilia, aunque discrepó respecto de la fecha de aplicación: “Es preciso avanzar con esto porque fracasamos como especie ante el cambio climático. Hoy sólo tres países pueden hacer geoingeniería: Estados Unidos, Rusia y China, que deberían aliarse, pero no creo que suceda antes de 2040”. Ese año había sido planteado por los presentadores como hipótesis.

“La geoingeniería se va a aplicar antes de 2040 debido a las olas de calor que se dan en sistemas locales, como por ejemplo Rusia, donde fueron muy destructivas. No lo deseamos, pero creo que la gente sí va a estar a favor, lo que permitirá que se use a escala global”. - Vicente Barros, profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires y uno de los pioneros del estudio del cambio climático.

El mismo método de introducción de la discusión del tema –con extensas jornadas con expertos locales– se llevó a cabo en unos 20 países, según contó el propio Parker a este cronista, entre ellos Brasil, India y Pakistán; próximamente, se hará en Colombia y Chile. “La respuesta en general es muy similar en todos lados. Siempre quieren que haya científicos nacionales que detallen qué significa aplicar la geoingeniería para la agricultura local, por ejemplo, o para el régimen de lluvias.”

¿Y, de dónde sacan el financiamiento? “Hemos obtenido más de US$ 2 millones por medio de la web Open Philanthropy, con donantes anónimos”, dijo. Hacia el final de la tarde, los ambientalistas que estaban en la mañana y presentaron en voz alta ciertas objeciones, ya brillaban por su ausencia.

La puja por la “gobernanza” de la geoingeniería ya empezó: quién lo hace, bajo qué parámetros, cuándo, con qué consecuencias también en lo geopolítico, son enormes preguntas aún sin respuesta. Habrá que ver, entonces, si en este caso se genera un cierto consenso internacional o si, como en casos anteriores de aplicaciones tecnológicas, se generan desde los países que sí pueden hacerlo, sin sopesar las opiniones del resto del mundo. Y después se intenta lidiar con las consecuencias.

Esta información fue producida como parte del Programa Latinoamericano de Cobertura Periodística COP25, un esfuerzo esfuerzo conjunto de Periodistas por el Planeta (PxP), LatinClima, The Stanley Center for Peace and Security, y la Red Regional de Cambio Climático y Toma de Decisiones - Programa UNITWIN de UNESCO. La cobertura completa aquí.

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